Paraguay 1900 - Señores, Empresarios, Industriales, Ganaderos, Hacendados - Personalidades célebres de Paraguay Siglo XiC - Años 1900 - Militares, Policía, Jueces, Peritos Contables, Publicistas, Periodistas.
 
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Paraguay 1900

El antiguo Cabildo Catedral había quedado suprimido por el dictador Doctor Francia, quien cerró también el Seminario Conciliar, privó del ejercito a su apostólico Ministerio al Excelentísimo Señor don Pedro García de Poner, ultimo obispo extranjero que tuvo la Diócesis del Paraguay.

Época tristísima en que se vio nuestra Iglesia desmantelada; diríamos, con tanta más razón cuanto que el mismo Dictador hizo ejercer indebidamente la autoridad eclesiástica ordinaria por el presbítero Roque Antonio Céspedes, desde enero de 1819 hasta septiembre de 1840, en que falleció aquel gobernante.

En tal estado, pues, se encontraba la iglesia del Paraguay, cuando asumió el cardo don Carlos Antonio López, que se apresuró a normalizar la administración diocesana, abriendo nuevas relaciones con la Santa Sede y presentándole los dos primeros candidatos paraguayos para el obispo, diocesano y auxiliar, respectivamente, que fueron don Basilio Antonio López y don Marcos Antonio Maíz. Ambos obtuvieron sus bulas de institución del Papa Gregorio XVI, y fueron consagrados en la ciudad de Cuyabra (Brasil), en el año de 1845.

Fundó también el mismo presidente López el Seminario Conciliar, que después tuvo su reinstalación ensanche bajo la dirección de los sacerdotes de la Misión, hijos de San Vicente de Paul, pues la primera institución, con la guerra del 65 y 70, había desaparecido, convirtiéndose el local en cárcel pública.

Formó igualmente el Senado Eclesiástico, compuesto de un Deán, un Arcediano, un Chantre, dos Canónigos de Merced y un Sacristán Mayor. Estos nombramientos recayera por su orden en los presbíteros Teodoro Escobar, Juan Evangelista Barrios, Jaime Antonio Corbalán y Justo Román. Quedo sin nombrarse el otro canónigo de Merced, y el presbítero Pedro Pablo Benítez era el Sacristán Mayor.

Muerto el Deán Escobar, fue nombrado en su remplazo el presbítero Manuel Antonio Palacios, y electo éste como obispo, ocupó su lugar en el decanato el presbítero Eugenio Bogado, que a la sazón era Rector del Seminario.

Para las otras dignidades no hubo nuevos nombramientos: la lactosa fatalidad de la guerra no dio lugar a ello.

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Justo es mencionar también la religiosidad solicitada del Presidente Don Carlos Antonio López, para dotar a la iglesia del Paraguay de todos los medios conducentes a su mejor expedición de las relaciones con la Santa Sede. A este objeto, hizo que el Nuncio Apostólico y Enviado Extraordinario de la misma Santa Sede cerca de esta República, Monseñor Marino Marini, Arzobispo de Palmira, nombrase tres Proto-Notarios Apostólicos, dignidades eclesiásticas con honores de prelacía, cuyo distintivo era la muceta, y sus atribuciones conocer y dar fe a las causas de la delegación tiricia. Fueron nombrados en tal carácter el Deán Escobar, Chantre y el presbítero Pedro Pablo Caballero, cura entonces de la Villa del Pilar.

A pesar de que llega al país ocho lustros de vida constitucional, la Iglesia del Paraguay permanece sin Senado Eclesiástico.

Para obviar esta falta existe una reciente institución canónica, y es la del Concilio Plenario de la América Latina, celebrado el Roma el año de 1899, que establece para los diócesis que no tenga el cabildo de Canónigos, como la del Paraguay, el concejo de consultores o Asesores, que, haciendo la veces del cabildo deben ayudar al obispo para la administración diocesana en los asuntos de mayor importancia.

El concilio señala el número de cuatro para estos consultores, pero da por bastante que sean dos en las iglesias de escaso clero. Es de este modo, sin duda, que el prelado paraguayo se asesora en el gobierno de su Diócesis, para seguir con acierto una administración a la vez paternal y suave, pero también recta y energética.

Tiene además un Vicario General, que lo es el presbítero Doctor Hermenegildo Roa, que comparte con el Prelado las múltiples atenciones que demanda el régimen del vasto obispado. También un Seminario Conciliar, que sigue dando operarios al misterio sacerdotal, no obstante la estrechez de sus recursos.

Esta institución ha dado al país su actual obispo, S.S. Ilma. Don Juan Sinforiano Bogarían, que honra al clero nacional. Desde hace 16 años viene rigiendo la iglesia paraguaya con verdadero celo y caridad. Son hondos los rastros de su misión evangélica en bien y edificación de los pueblos de la República.

Una de las cuestiones de más actualidad y trascendencia para el país, bajo el punto de vista religioso, es la necesidad de sustraer a la iglesia de la dependencia de la de Buenos Aires, a que la ha sujetado como sufragánea la Bula de erección de aquel Arzobispado como el Papa Pio IX, en 1865. Esto pugna en cierto modo con la soberanía, nacional que no debe reconocer ninguna autoridad extraña en las causas que pueden ofrecerse y hayan de trasmitirse dentro de ella.

EL CLERO NACIONAL DURANTE LA GUERRA

No es fácil reducir a los estrechos límites de que disponemos, la reseña exacta de la actuación del clero nacional durante la guerra.

Múltiples, graves y penosos eran los deberes de los capellanes en campaña; ellos están distribuidos en los diversos cuerpos y divisiones de los ejércitos, hasta en su punto más avanzados, frente al enemigo.

Constantemente debían hablar a las tropas en círculos, estimulando en el cumplimiento del deber sagrado ciudadano en defensa de la patria; y cuando había que echar a un combate, el capellán acompañaba a su cuerpo o división, redoblando sus esfuerzos para enardecer sus espíritus.

Bajo el humo de la pólvora, entre el fragor de la lucha y el estampido del caños el campeñal ocupaba su puesto; y se les ha visto caer destrozados por el plomo o el acero al par de los soldados, tal como sucedió a los capellanos Idoyaga en Curumba, Flores en Angostura, Moreno en Avay, Maíz y Galeano en Piribebuy, Román, Yahari y Hermosilla en Amambay, y Espinoza, Medina, Adorno y Gonzales en Cerro Corá.

Cuando sobrevivían a una batalla, su deber era recoger a los heridos y conducirlos a los hospitales de sangre; y a los muertos dar cristiana sepultura.

Durante la permanencia del ejército en Paso Pucu, los servicios de los capellanes en los hospitales y en el cementerio allí establecido, se hacían regularmente, es decir, con exacta observancia de las disposiciones reglamentarias. Visitaban de día y de noche a los heridos y enfermos, cuidando de suministrarles alimentación y remedios con los practicantes de medicina, y religiosos consuelos en el último trance.

En el cementerio se turnaban diariamente en el servicio; allí día estar, de sol a sol, un capellán para el oficio ritual de sepultar a los muertos.

Una vez desocupado Paso Pucú, el ejército pasó por el Chaco para volver a acampar en San Fernando; entonces los servicios de hospital y cementerio no eran ya prestados sino normal y transitoriamente, según lo permitieran las circunstancias de mayor o menor permanencia y vicisitudes en un campamento.

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