LA GUERRA CONTRA LA TRIPLE ALIANZA - LA GUERRA GUAZÚ - EL GENOCIDIO AMERICANO
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¡LOS GENOCIDAS DE LA NACIÓN PARAGUAYA!

¡Héroes del 70!

las Generaciones te

Saludan con

Santificada Emoción!

Mariscal Francisco Solano López

SEÑOR DE LAS BATALLAS QUE DUERME EN EL REGAZO sagrado de la Patria, en este día brotan de todos los corazones paraguayos tu nombre santificado por la gloria de sus grandes hazañas. Varón de recia estirpe que en las horas cruciales de la patria supo ser grande entre los grandes escribiendo en su espada y sangre de su corazón una historia jamás igualada en América y el Mundo.

Mariscal Francisco Solano López, reencarnación del valor legendario de la raza, el pueblo paraguayo, tu pueblo, ríndete hoy su más alto homenaje de admiración y de respeto.

¡Paraguayos!

Oid el Grito Inmortal

de:

¡"Vencer o Morir"!

El pueblo paraguayo se inclina reverente sobre vuestras tumbas, para depositar sobre ellas, las flores inmarchitables del recuerdo, y renovar su sentimiento de gratitud eterna hacia vosotros, varones que, con la marcialidad gallarda del soldado, entrasteis en los factos de la inmortalidad.

Héroes del 70! Vuestros nombres han quedado grabados en la historia de la Patria, con letras de oro, en donde esta generación de hombres libres, pueden embeberse de los más puros sentimientos de amor y cariño a esta tierra, regada con vuestra sangre, generosa, del uno al otro confín de la República, en una cruzada de epopéyicas proporciones.

Héroes del 70! Padres nuestros que están en la Gloria, perínclitos ciudadanos de una generación de acero, nosotros te rendimos en este día, homenaje de nuestra más grande admiración y respeto, porque supisteis forjar en la fragua del heroísmo, con el brazo y el corazón, una de las más bellas páginas de la grandeza inmaculada de la nacionalidad.

Héroes del 70! No habéis muerto, porque los héroes no mueren, son inmortales. Vuestros nombres quedaron grabados sobre la arena, la roca, la superficie de todos los caminos, los ríos, los arroyos y la comba azul del cielo de la Patria, y en el corazón de vuestro pueblo.

Bravo leones del 70! forjadores de una Patria grande, en este vuestro día volveremos hoy a repetir el sagrado juramento de saber ser dignos hijos de vosotros, y mantener siembre encendida la llama del más puro y sagrado patriotismo que: "Nuestros pechos exhalan con fe. Y sus ecos repitan los montes. Cual gigante poniéndose en pie"

¡Bravos leones del 70! La nacionalidad entera, en estrecha conjunción de pechos palpitantes, inspirados en el legado que nos dejasteis, entroniza en el corazón de vuestro nombre, bajo la alta advocación del gran Mariscal, reencarnación del valor legendario de la raza.

En este día sagrado el pueblo Paraguayo os saluda con la humildad del creyente y se inclina de rodillas sobre vuestras sagradas tumbas para deshojar sobre ellas las más hermosas y perfumadas flores de su jardín de recuerdos.

¡Paraguayos! oíd el grito inmortal de:

"VENCER O MORIR"!

¡LOS FIRMANTES DEL TRATADO SECRETO DE LA TRIPLE ALIANZA EN DONDE DECIDIERON ANIQUILAR AL PUEBLO PARAGUAYO!

Venancio Flores
Bartolomé Mitre
Brasil
Uruguay
Argentina

El 10 de Septiembre de 1862 falleció Don Carlos Antonio López, dejando al Paraguay floreciente al cabo de diez y ocho años de sabia y laboriosa administración.

Encargado de la vicepresidencia el general Francisco Solano López, convocó al Congreso para la elección del nuevo mandatario, recayendo en su persona el voto de los representantes del pueblo.

Era el general López el hijo mayor del finado presidente; poseía una esmerada cultura, había viajado por el viejo mundo en misión diplomática, y había intervenido con verdadero talento en ruidosas cuestiones internacionales.

En los últimos tiempos del gobierno de su padre era ya el que regía los destinos de su país.

Francisco Solano López ocupó la presidencia en momentos bien difíciles para el Paraguay.

Expiraba en aquellos días de la tregua de seis años que establecieron los tratados firmados en 1856 con el Brasil y la Argentina, en vista de la imposibilidad de encontrar entonces un medio pacifico de solucionarse la cuestión de límites que, más de una vez, había estado a punto de traer la temida conflagración.

El viejo pleito tenía que solucionarse fatalmente, y ya no eran posibles las postergaciones. Cuentan que don Carlos Antonio López recomendó a su hijo, en sus últimos momentos, que resolviese el intrincado problema "con la pluma, no con la espada".

Seguramente respondiendo ya a este patriótico consejo de su padre, fue su primer acto de gobernante dirigirse confidencialmente al general Bartolomé Mitre para invitarle a solucionar en forma amigable, la única cuestión pendiente entre las dos naciones que les habían confinado sus destinos.

El presidente argentino le respondió satisfactoriamente, entablándose durante un año una correspondencia cordialísima, en la que abundaron los mutuos elogios, pero cuyo resultado no fue por cierto el que López deseaba. Con fútiles pretextos se fue postergando la ora del arreglo definitivo, sorprendiéndoles en pleno cambio de cartas afectuosas la invasión de Venancio Flores al Uruguay y la intervención brasileña, primer acto de la terrible tragedia en que había de ser sacrificado el Paraguay.

López, debidamente informado de lo que pasaba en el Río de la Plata, no pudo permanecer indiferente ante los sucesos, y celoso en grado sumo de la suerte de su país, miró con sobresalto el alarmante giro que iba tomando la política internacional.

En 1863 gobernaba la República Oriental el probo ciudadano don Bernardo Prudencio Berro, cuando tuvo lugar la revolución encabezada por el general Venancio Flores, prestigioso caudillo del partido colorado. Vencido en su país, Flores se había refugiado en la Argentina, alistándose en su ejército y acompañando a Mitre en todas sus aventuras políticas.

Elevado este a la presidencia, llego el momento de proteger a su leal servidor, y así fue que Flores pudo lanzarse a la revuelta con armas y municiones sacadas de los parque de Buenos Aires, después de haberse preparado, durante varios meses, sin misterio alguno.

El gobierno oriental, previamente avisado, tuvo la inocencia de creer en la buena fe de Mitre, que le hacía protestas de simpatía, y a las denuncias de la prensa que aseguraban la proximidad del estallido, respondió licenciando las tropas que guarnecían algunos departamentos (1° de Abril de 1863).

Nueve días después de esto desembarcó Flores en las playas de su país, dando comienzo a la revolución.

Encontrábase en tan angustiosa situación el Uruguay, cuando el Emperador del Brasil creyó llegada la oportunidad de hacer al gobierno de Berro las más enérgicas reclamaciones por daños y prejuicios que decía se habían causado a sus súbditos, desde muchos años atrás.

Don José Antonio Saraiva, uno de los diplomáticos más sagaces del Imperio, fue el encargado de esta reclamación.

El 6 de Mayo de 1864 llego a Montevideo el nuevo ministro brasileño, dando en seguida los pasos necesarios para dar cumplimiento a su misión con toda rapidez.

Entre tanto, Berro había terminado su periodo presidencial, sucediéndole don Atanasio de la Cruz Aguirre Aguado, otro de los prohombres del partido blanco.

En ella enrostraba al gobierno oriental la indiferencia con que siempre habían sido miradas las reclamaciones del Imperio, indiferencia que había dado lugar a nuevos atentados, muchos de ellos de carácter aun mas graves; declaraba que en un crecido número de brasileños acompañaba a Flores, no por simpatía a ninguno de los partidos en pugna, sino impulsado por la necesidad de defender su vida, honor y propiedad, contra los propios agentes del gobierno de la República; enumeraba, en fin, los males que sus compatriotas habían sufrido en territorio oriental, pidiendo el pronto castigo de los culpables.

Esta larga nota, recibida con indignaciones por el gobierno uruguayo, fue contestada, con toda energía, por el Doctor don Juan José de Herrera , Ministro de Relaciones Exteriores de Aguirre. A la nomina de crímenes presentada por Saraiva contrapuso otra nomina, más larga aun, de barbaros atentados cometidos en territorio brasileño.

Y con esto quedaron interrumpidas las negociaciones. En aquellos momento llegó a Montevideo una comisión pacificadora compuesta de don Rufino de Elizalde, Ministro de Relaciones Exteriores de Mitre y don Eduardo Thornton, representante de S. M. Británica. El gobierno Oriental, a pesar de conocer el proceder poco correcto del gobierno vecino, acogió bondadosamente a esta comisión-a la cual se había agregado Saraiva- llevando su condescendencia hasta expedir un decreto de amplia amnistía por seis días a los que estaban alzados contra su autoridad.

Entrevistado Flores, se avino a firmar la paz sobre las bases del reconocimiento de los grados concedidos a sus subalternos, la entrega de medio millón de pesos para el pago de sus gastos la legalización de las contribuciones que había impuesto. Aceptadas estas bases por Aguirre, la paz parecía un inminente pero no fue así. Los "pacificadores" estaban lejos de querer la paz; solo deseaban desvanecer las acusaciones unánimamente formuladas contra el gobierno argentino, presentándole como interesado en la reconciliación de los orientales. Flores tenía que ir al poder, a toda costa, respondiendo a planes que se desenvolverían en el porvenir.

Por eso, los mismos que trajeron del campamento revolucionario el olivo de la paz, trajeron también la guerra, oculta entre sus hojas. Junto con las bases de conciliación aprobadas por Flores, le entregaron a Aguirre una carta particular que habían hecho firmar al torpe caudillo, en la que se hacían el presidente, en tono confidencial, insinuaciones deprimentes, que fueron rechazadas.

Las negociaciones de paz fracasaron, consiguiendo Mitre su objetivo: se prensa protesto en tono irado contra Aguirre, sobre quien izo recaer la responsabilidad de la sangre que iba a correr, llenando de elogios la actitud humanitaria del gobierno argentino.

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